CAPÍTULO I



Era ya medianoche cuando Vukasin pidió un tibio vaso de vino en la terraza de El Junco. Apenas quedaba gente y los camareros recogían las sillas metálicas de los que se habían ido a sus casas. No era el caso de Vuk, quien esperaba el vino como el que aguarda a que los problemas se arreglen con tan solo mirar el horizonte a través de una ventana. En sus ojos la melancolía apagaba su mirada de lobo no tan joven. Ni siquiera echaba de menos su patria; simplemente añoraba los tiempos en que no pasaba nada en su vida y todo fluía como una brisa primaveral.

―Aquí tienes el vino.

―Gracias.

Aquella noche volvería a ocurrir. A Vuk le gustaba esperar tomando un vino. Un antiguo compañero suyo de pelotón llamado Zoran solía plantear la misma pregunta cada vez que estaban a punto de salir al campo de batalla. No todos les seguían la corriente, puesto que había más de uno que lo consideraba de mal fario, pero algunos compañeros se enzarzaban en largas discusiones para averiguar cuál sería la última imagen que un moribundo plasmaría en su mente. Aquello los distraía de lo importante, matar al enemigo, pero tal vez de eso mismo se tratase. Muchos, entre los que se encontraba el propio Vukasin, imaginaban que lo más apropiado sería evocar a la familia, tu mujer, tus hijos, tus seres queridos… Había quien, entre trago y trago a una botella de marca indescifrable, bromeaba con la sugerente idea de morir mientras uno recuerda las mejores tetas que hubieran sopesado sus manos. Zoran siempre actuaba como un moderador en aquellos debates inagotables. Daba paso a unos y a otros, interrumpía cuando consideraba oportuno, animaba a que sus compañeros se expresaran con libertad. Sin embargo, nunca decía cuál habría sido su elección.

El camarero que solía servir a Vuk el mismo vino a las mismas horas se acercó un momento a la mesa y le preguntó si quería otra copa más. Vuk le contestó que no era necesario.

El teléfono vibró entonces en el bolsillo de Vuk. No le hizo mucho caso, ya que intuía que tan solo era un toque breve, una confirmación a algo acordado con anterioridad. Lo sacó del bolsillo sin muchas ganas y comprobó que se trataba de Andrija.

Vuk se levantó tras dejar un billete de cinco euros sobre la mesa metálica. Lo único que llegó a sus oídos, ya a lo lejos, fue un «gracias» del camarero que hizo eco por la callejuela en la que se adentraba. En la cabeza de Vukasin se repetían las palabras de Zoran:

―¿Cuál sería tu última imagen, Vuk?

―Ya te lo he dicho muchas veces. Sabes de sobra la que escogería.

―Pero no se trata de una elección. El propio pensamiento no lo puedes dominar siempre.

―No digas tonterías ―se repitió Vuk hacia sí mismo, rememorando con una sonrisa dibujada en el rostro las eternas discusiones con Zoran.

Después de recorrer durante media hora las calles recién regadas, por fin Vuk llegó hasta el portal. Una ráfaga de viento lo hizo estremecerse por el frío repentino, de modo que pensó que aquella noche sería mejor ponerse una chaqueta sobre la camisa.

Mientras subía por el ascensor, Andrija volvió a darle otro toque al móvil. Esta vez ni siquiera lo sacó del bolsillo. Entró al amplio piso y fue derecho al cuarto de aseo a lavarse los dientes y asearse un poco. Ante el espejo se quitó la camisa ya arrugada que llevaba puesta desde aquella mañana. El cristal devolvía la imagen de un hombre adusto, de rasgos duros y con una cicatriz en el abdomen y en el labio superior. No tendría más de cuarenta años, pero cualquiera que lo conociese a fondo sabría que siempre había aparentado menos edad de la que en efecto tenía. El pelo lo llevaba algo descuidado y necesitaba un buen corte, sobre todo por la pelusilla que le adornaba las patillas y la nuca.

Cuando hubo acabado, se dirigió al dormitorio y lo primero que hizo fue quitarse los zapatos que llevaba y calzarse otros, esta vez de color negro. Los pantalones vaqueros se los dejó puestos, ya que consideró que todavía estaban limpios para trabajar. Abrió el armario, que se hallaba al otro lado del cuarto, y ante él se desplegaron más de diez camisas de diversos colores como si fueran un enorme abanico. Eligió una de color púrpura y se la abrochó empezando por los botones de los puños. A continuación eligió la chaqueta, tal y como había pensado al llegar al portal. Eligió una de color gris oscuro.

«¿Dónde coño estás?».

«Llego en 15 minutos».

La impaciencia de Andrija no alteró en lo más mínimo la rutina de Vuk, quien se santiguó, de derecha a izquierda, al salir por la puerta del piso.

Bajó por el ascensor hasta el garaje subterráneo del edificio y a escasos metros las luces amarillas del Skoda Octavia se iluminaron y apagaron intermitentemente al tiempo que la luz blanca del interior dibujaba un contorno de claroscuros.

Para llegar hasta la casa de Andrija tenía que cruzar toda la ciudad en dirección al noreste. Con el poco tráfico que había pasada la medianoche no tardó demasiado. A buen seguro, Andrija no tendría la misma opinión que Vuk acerca del tiempo, por lo menos aquella noche.

Vuk detuvo el coche a escasos metros del portal, pero no desconectó el motor. Enseguida abrió la puerta Andrija con malos modos. Parecía algo mayor que Vuk, el pelo cortado al estilo militar le clareaba por la coronilla y las entradas eran mucho más prominentes, pero en realidad ambos tenían edades muy similares. Bajo la camisa y los pantalones se intuía que se encontraba en peor estado de forma que Vuk, aunque al mismo tiempo transmitía energía y vigor en cada una de sus acciones. Subió al coche y cerró la puerta casi en un mismo movimiento. No llegó a ponerse el cinturón de seguridad.

―Mierda, Vukasin, mierda ―bromeó.

―El tráfico a estas horas es malísimo.

Vuk pisó el acelerador con suavidad, como si fuera a dar otro paseo nocturno por la ciudad. Todo estaba bajo control: nadie los había visto salir, nadie se había percatado de las armas que escondían. Solo habría que aguantar el sermón de su compañero.

―No deberías llegar tarde, Vuk. ―Él seguía conduciendo y dejando atrás varios cruces, semáforos y señales―. Últimamente estás en el punto de mira.

―Hacemos bien nuestro trabajo. No hay más ―dijo Vuk mientras miraba de reojo a su compañero.

―A mí no me mires. Yo trabajo bien contigo. Tan solo te hablo del jefe. Él se fija en otras cosas. Y nos conoce desde hace tiempo.

Vuk sabía a qué se refería Andrija. Cuando Slavco miraba a los ojos, uno mismo se planteaba hasta dónde alcanzaba su mirada, y si era capaz de penetrar hasta el interior de los pensamientos más íntimos. Le gustaba hacerlo mientras el traidor colgaba del techo boca abajo.

Vuk detuvo el coche en un semáforo y escrutó el rostro de Andrija.

―¿Al final has conseguido las nuevas?

―Cuatro Five-seven recién llegadas de Bélgica ―contestó orgulloso Andrija, pues él mismo se había encargado de los trámites y el «papeleo».

Un hombre ya viejo, con aspecto de vagabundo, cruzaba el semáforo hablando consigo mismo en un incomprensible idioma. Miraba a los dos ocupantes del Skoda con cierta insolencia.

―Dos para nosotros ―prosiguió―, otra para Slavco y la última para el Cazador. Hay cargadores de sobra ―parecía relatar la lista de la compra―, varias mirillas láser y solo he podido conseguir un par de silenciadores.

―Disparar es lo último, siempre ―Vuk resultó ominoso al no apartar siquiera los ojos de las luces intermitentes de las farolas.

―Claro, pero hay que estar preparado. Yo prefiero ponerles silenciador.

―Hoy no va a hacer falta. Hazme caso. Un trabajo limpio.

―Un trabajo limpio ―contestó Andrija de manera ritual mientras se acomodaba en el asiento del acompañante.

Vuk giró a la derecha y una de las avenidas principales de aquella ciudad sumida en las sombras salió a su encuentro. Parecía algo callado, pero Andrija no tenía intención de dejar a su compañero solo con sus pensamientos.

―¿Te llamó una de aquellas chicas que conocimos en el pub?

―Sí.

―Bueno, eso es buena señal. Parece que tenía ganas, ya sabes.

Vukasin detuvo el coche cuando uno de los semáforos de la avenida se puso en ámbar. Le habría dado tiempo de sobra para pasar, pero decidió parar.

―Quedamos y nos tomamos un par de cervezas. Después cada uno se fue a su casa.

―¡Venga, hombre! ―repuso indignado Andrija―. Pero si a mí no me costó nada follarme a su amiga. Fíjate si tenía ganas que hasta me pidió que le diera por el culo. Menuda guarra ―dijo al tiempo que sonreía gustoso por el recuerdo.

El coche de Vuk inició de nuevo la marcha y dejó atrás la avenida. Al cabo de pocos minutos, los edificios de bancos, grandes multinacionales y tiendas de lujo dieron paso a los claroscuros de las viviendas de la periferia. Por las aceras se veía a gente que charlaba tranquila, pero de vez en cuando alguien tumbado en un portal o un cajero también captaba las miradas de Vuk y Andrija, pese a que ni ellos mismos eran del todo conscientes. No tardaron en llegar a su destino. Dejaron el Skoda en un amplio descampado en el que dormían los coches de los vecinos. El barrio lo formaba un conglomerado de edificios clónicos de color amarillo y gris, pues en muchos lugares las paredes se hallaban desconchadas. Varias farolas parecían puntos negros bajo la luz de la luna, lo cual facilitaría el trabajo de ambos. Algunas casas estaban cubiertas por telarañas de ropa tendida; sin embargo, otras permanecían abandonadas en su totalidad y carentes de vida. Ese era justo el lugar adonde debían dirigirse.

―¿Qué sabemos de él? ―La pregunta de Vuk devolvió a los dos a su oscuro mundo.

―Da igual. Se me ha olvidado y además Slavco no da muchos detalles. ¿Por qué lo quieres saber?

―Por nada ―mintió Vuk. A Andrija no podía decírselo, a pesar de los años que habían pasado juntos.

Los dos salieron del vehículo al tiempo que la noche reptaba por cada uno de los rincones de aquel ruinoso barrio marginal y parecía pegarse en los tejados de los tristes edificios. Vuk se sintió de pronto feliz por haber acertado con lo de la chaqueta. Un ligero escalofrió le recorrió la espalda, pero la ropa que llevaba lo protegió de la ligera brisa nocturna.

Avanzaron unos cuantos pasos y dejaron atrás el descampado para introducirse a continuación en los estrechos pasillos que formaban aquellos edificios que parecían todos idénticos, como hermanos gemelos. Andrija se quedó unos segundos pensativo, con la mano levantada, como a punto de decir algo o estornudar.

―Es este ―concluyó. La mano abierta se transformó en un dedo índice acusador.

El portal al que se refería ni siquiera tenía puerta. Desde fuera ya se veía un sucio tramo de escaleras que ascendía en medio de la oscuridad. Vuk y Andrija se introdujeron sin dudarlo mucho: estaban acostumbrados a sentir un poco de miedo.

A partir del segundo piso se podía ver a través del hueco de la escalera cómo la luz trataba de sobrevivir rodeada de tanta negrura. Al menos había la suficiente como para que continuaran subiendo sin problemas. A medida que lo hacían, Vuk percibía una mezcla de extraños olores que eran difíciles de identificar. Andrija escupió entonces al suelo. Al parecer, le causaba el mismo asco que a él. No se oía nada, salvo las livianas pisadas de ambos.

Continuaron su ascensión hasta el cuarto piso, donde había también una bombilla que iluminaba aquella pocilga. «¿Cuáles serán las elecciones que va tomando uno en la vida para acabar como camello en un lugar como este?», se preguntó a sí mismo Vuk. «No tan distintas a las de un asesino, tal vez».

Andrija avanzó fugaz hasta la segunda puerta de aquel lado del pasillo. El edificio parecía una inmensa tumba. Nadie escucharía nada. Cuando hubo llegado a un extremo, pegado al marco de la puerta, hizo un gesto a Vuk para que se situara al otro lado. La puerta era lo bastante endeble como para que una patada bien fuerte rompiera la frágil cerradura que mantenía a salvo al inquilino. Si eran dos los hombres que la golpeaban, la puerta apenas aguantaría un suspiro. Una tenue luz escapaba por la rendija. Habría que entrar rápido por si acaso el camello se encontraba despierto o había alguien más en el piso. Los dos se miraron y entendieron enseguida lo que tenían que hacer y cómo. Andrija hizo un gesto a Vuk que indicaba que él iría en primer lugar y se dirigiría lo más derecho posible hacia el objetivo. Eso quería decir al mismo tiempo que Vuk debería cubrir los flancos y asegurarse de que no había nadie más que pudiera aguarles la fiesta. El trabajo tenía que ser limpio.

Los dos empuñaron las pistolas y a continuación, con todas sus fuerzas, lanzaron sendas patadas al punto donde la cerradura se unía al marco. El ruido fue sordo y la puerta rebotó en la pared y a punto estuvo de volver a su posición original. Vuk la empujó de nuevo, esta vez con la mano, y siguió a Andrija por el angosto pasillo que de pronto se abría ante sus ojos acostumbrados a la reciente oscuridad. A la derecha dejaron la cocina, y el pasillo parecía estrecharse, como si se tratara de un túnel. No había nadie. Andrija avanzaba a grandes y decididas zancadas hacia el fondo, donde la luz de una lámpara cobraba mayor intensidad. Entraron al desangelado salón. El hombre estaba paralizado por el terror, sentado sobre un colchón de color azul. A la derecha una puerta que daba a un breve pasillo. No se oía nada más. No debía de haber nadie más. Sobre la mesa, restos de papel de aluminio, una jeringuilla y una goma elástica ennegrecida y desgastada. Los ojos del camello no rehuyeron la mirada de Andrija. La puerta que daba al pasillo quedó atrás. No había nadie más allí. Tampoco había luz al fondo, en el dormitorio. El disparo sonó de pronto. Algo cayó al suelo. El otro dormitorio estaba vacío. Solo quedaba el baño, que tenía la puerta cerrada, pero sin luz. Vukasin la abrió, pero sus ojos no vieron nada; o no quisieron ver nada más bien. Vaciló antes de darse cuenta de que delante de él había una niña de unos doce años en ropa interior, con el pelo sucio y rubio. La luz del salón apenas le iluminaba el rostro y no se movía en absoluto. Parecía como si su hieratismo se le hubiera contagiado a Vuk, quien miraba con el mismo terror aquella figura inmóvil.

―Acerca el coche, rápido ―dijo entonces Andrija y con aquellas palabras pareció despertar a Vuk del hechizo bajo el que había caído ante la visión de aquella niña. Cerró la puerta del baño de golpe y se dirigió al salón. Allí vio al camello tirado en el suelo y a Andrija, quien lo miraba con cierto asco. El moribundo sufría con convulsiones el tránsito al otro mundo.

―Trae el coche. Ya lo voy bajando yo. ¿No hay nadie, no?

Vuk negó con la cabeza y se fue de allí todo lo rápido que pudo, pues no quería que al mirarle a los ojos Andrija descubriera la mentira.

Acercó todo lo que pudo el Skoda hasta las angostas callejuelas que circundaban aquellos edificios. Nadie los observó cuando llevaban el cadáver entre los dos, asiéndolo de las piernas y de los brazos. Muchas veces era mejor no ver ni oír nada. 

Introdujeron al camello en el maletero del coche, en cuyo interior ya había una gran bolsa de plástico abierta y preparada para plegarse sobre el cadáver. A su lado había también una maraña de cadenas que parecían muy pesadas y un bloque de hormigón.

En el interior del coche los dos asesinos trataban de disimular la respiración acelerada por el esfuerzo, pero también por la carga psicológica que aquellos terribles actos suponían para su conciencia. Andrija sonrió pese a todo, como si aquello lo aliviara.

Vuk asintió mientras trataba de recuperar el aire. Parecía que le costaba más hacerlo que a su compañero. Encendió el coche y sin hacer mucho ruido inició la marcha hasta el lugar donde habrían de deshacerse del cadáver.

Andrija se liberaba de la tensión hablando y hablando sin parar, pero a Vukasin no le interesaba lo que su compañero decía y no podía hacer como si allí no hubiese ocurrido nada. Solo podía pensar en aquellos cabellos rubios, en el miedo que había paralizado a la niña. Por eso las palabras de Andrija ni siquiera llegaban a su consciencia. Respondía de manera automática, lo justo para mantener las apariencias, como llevaba unos meses haciendo desde que todo había empezado.

A medida que se acercaban al lugar donde despacharían el cadáver, los edificios, los contornos de aquella ciudad se difuminaban. Aquella niña sumida en la oscuridad paralizada por el pánico le hizo rememorar Sarajevo y lo que allí aconteció. No podía decirle nada a su compañero, puesto que lo acusaría de traidor, el peor insulto que un soldado podría recibir. Vuk estaba en deuda con Andrija desde hacía unos años, en la guerra de Bosnia, cuando sitiaban la ciudad de Sarajevo. No podría entender nunca que lo hubiese engañado, que ocultase a la niña ―¿era la hija del camello?―, que no informase del civil escondido en el baño. «Un civil escondido es una bomba de relojería», decía Slavco a sus hombres, todos erguidos y con la mirada fija en las nubes que recorrían el cielo. «Ninguno de vosotros puede saber qué esconden sus intenciones o qué guarda en el bolsillo o si está dispuesto a morir por su familia, viva o muerta. De modo que no hay que vacilar ni un instante». 

En efecto, Andrija no lo entendería y es posible que lo tomara como una afrenta. Era un error grave en la operación que ponía en peligro al resto de miembros del pelotón, aunque solo fuesen dos en total. No importaban los años que habían pasado desde que Andrija le había salvado la vida. A pesar de que nunca volvieron a hablar de aquello, algunas miradas confirmaban que nunca desaparecería de la memoria. Tal vez deberían haber sonado dos disparos en lugar de uno solo: el del camello y otro dirigido a su hija. O a lo mejor él debía haber entrado primero. Sí, eso era. Al entrar Vuk en primer lugar, él habría disparado sin vacilar a aquel yonqui desgraciado. Seguro que Andrija habría ejecutado al civil que se escondía en el baño sin demostrar ninguna clase de escrúpulo por el hecho de que tuviera tan solo doce años. Eso lo sabía muy bien Vuk. Doce años… Desconocía si la niña tendría esa edad, pero en su memoria se grabó a fuego esa cifra y en su pequeño mundo aquello era un hecho irrefutable.

―Te has saltado un semáforo ―prorrumpió de pronto Andrija.

―Estaba en ámbar.

―Ya. Pero no tenemos prisa, Vuk.

―De acuerdo. Por cierto, ¿cuál crees que habrá sido su última imagen?

―No empieces con eso ―Andrija vaciló unos segundos. A continuación imitó con la mano la forma de una pistola y apuntó a Vukasin muy de cerca―. Lo más probable es que fuera esta. 

El Skoda deambulaba por las calles de la ciudad como si de un coche fúnebre se tratara, amparado por las sombras que se desparramaban por las aceras y el asfalto. Vuk evitó circular por las avenidas principales, así que aquella vez tardaron algo más en llegar al último destino de la noche. Vuk se imaginó el alma del camello levitando por encima del coche, a vista de pájaro, observando su propio entierro. Aquella sensación debía ser atroz, de existir en realidad. Aunque puede que, llegado el caso, el que la experimentara sintiera una paz absoluta.

Por fin llegaron a las afueras de la ciudad. Desde allí se divisaban a lo lejos las grúas del puerto que todavía seguían trabajando sin descanso. Tras atravesar una desvencijada valla, el coche se detuvo a escasos metros de un acantilado. Abajo solo se veía la negrura del mar, más oscuro quizás que el cielo iluminado por la luna. El viento soplaba fuerte en aquel lugar y su silbido se percibía incluso desde el interior del vehículo.

Vuk abrió el maletero mientras Andrija observaba el vacío bajo sus pies. Encadenó el cadáver aún caliente del camello al que acababan de asesinar al ladrillo de hormigón agujereado y lo colocó encima del vientre, entre los brazos. Después cerró la bolsa de plástico dejando solamente una abertura por donde se adivinaba un mechón de pelo. Vuk le hizo un gesto a su compañero para que lo ayudara a sacar al muerto de allí. Andrija llegó enseguida resuelto y vivaracho, con ganas de terminar el trabajo de aquella noche. Entre los dos sacaron el cadáver del maletero y, con un poco más de esfuerzo, lo acercaron hasta el borde del acantilado. Pocos segundos más tarde, el oscuro bulto fue devorado por la negrura de manera sosegada. El viento seguía silbando mientras los dos asesinos miraban aquel abismo que separaba la vida de la muerte. Los muertos llegaban a aquella orilla y siempre emprendían el camino de no retorno, llevados por una corriente física y mística al mismo tiempo.

Aun así, Vukasin sabía que, de vez en cuando, volvían.