Barrios
Ganador del concurso de narración breve y micronarración de Mecenix.com, en la modalidad de «La gran corrupción»
¿Le ha dado ya a la grabadora? Ya, claro, es de las modernas. Como le decía, a nadie se le ocurrió mirar en el despacho de Barrios, lo cual tiene su lógica, ya que el periodista era de esos que estorban a todo el mundo. Es más que probable que aquel día muchos respiraran a gusto y evitaran hacer demasiadas preguntas. Si cualquiera hubiera abierto la caja para despejar su parte, entonces lo más probable es que se hubiera quemado.
Ya estamos a vueltas con el informe policial. Yo mismo he redactado miles. Pero los dos sabemos quién da los bolígrafos a quien tiene que redactar estas cosas. Aquí tiene el informe, ¿lo ve? Múltiples heridas realizadas con arma blanca: asalto con violencia para robarle el dinero que guardaba en su casa. ¡Literatura de primer nivel! Hágame caso. Yo mismo, por menos dinero, habría escrito algo mucho más elaborado.
Pero no se moleste. Admiro su profesionalidad. A veces no controlo mi fanfarronería, de modo que no guardo las formas. Eso sí, tenga en cuenta que me oculto la mayor parte del tiempo y paso temporadas sin contacto con la vida social. ¿Espía? No me considero como tal. Un funcionario, más bien. Un empleado público que hace unas cuantas horas extras.
Como le decía, lo del asalto, robo y algo sale mal es un cuento. No, no se preocupe. Esto que le estoy contando no lo es en absoluto. Sí es verdad que Barrios tenía tantos amigos como enemigos en las redes sociales: medio millón en cada bando. La policía asegura que encontró en el ordenador de Barrios correos electrónicos y mensajes privados que contenían amenazas.
Reconozco que casi todo el plan era mío.
No se alarme, hombre, que yo solo me encargo de trabajar en la sombra. Verá, soy como esos a los que llaman «negros» y se dedican a escribir para los grandes autores. Digamos que yo ideo el marco. En toda buena historia hay que tratar bien este aspecto, pues el personaje se mueve en un entorno con el que interacciona. En lo que no tuve nada que ver fue en el informe policial. Digamos que mi coguionista no resultó tan bueno como debiera. Si no, usted y yo no tendríamos esta conversación ahora mismo.
La cuestión es que usted al final miró donde a nadie le apetecía hacerlo. Supongo que se considerará especial, un hombre íntegro. Simplemente ha tenido suerte en esta vida, aunque, desde mi punto de vista, le ha caído un marrón importante. ¿Y cómo empezó todo? Tengo que reconocer que no me costó fingir durante un tiempo quien no era. Forma parte de mi trabajo. ¿Sabe? Tiene gracia todo esto de las tecnologías modernas de la comunicación. Lo de los bigotes postizos queda ya muy lejos, aunque yo recuerdo perfectamente el primer día en que tuve que ocultar mi rostro con uno de ellos. ¡Qué tiempos!
Cree que tiene la partida ganada; que cada una de las palabras que digo y que está usted grabando podrían ser utilizadas en mi contra ante un tribunal. Ya lo sé. No soy estúpido. Nadie quería mirar dentro, pero usted tenía que velar por los intereses de sus clientes. Claro que aquello fue injusto, no lo niego, pero hay que saber dónde se meten los ahorros. No puede uno aceptar todo lo que le ofrece el director de la sucursal bancaria de toda la vida, a pesar de que fuera el mismo que aconsejaba a tu padre. No, señor. ¿Cómo se pudieron tragar miles de personas aquello de participación preferente?
Está claro: Barrios tenía la clave para que varias cabezas rodaran por el cadalso, y la de B. era una de ellas. ¡Quién lo iba a decir! Porque durante mucho tiempo se sabía que aquello era una estafa en toda regla. Estafa consentida, claro está. Y resulta que Barrios tenía pruebas importantes bajo su poder en su despacho de Ciudad Real.
Yo hice mi trabajo y le mandé a aquellos dos albaneses, que destrozaron su puerta y que lo acuchillaron sin piedad, como si todavía estuvieran inmersos en su maldita guerra. Como le decía antes, yo solo escribo el marco, otros actúan.
Y entonces, el informe policial. Mi coguionista mete la pata. Y ahí estaba usted, ¿no? Aun así, le falta la prueba fundamental, la que acabaría con B. y otros tantos de su calaña, que consintieron que muchos ciudadanos perdieran sus ahorros. Le falta aquello que custodiaba Barrios y que ahora está bajo mi poder…
Y todavía se pregunta qué es lo que puede ofrecerme. No hay nada, ya me lo dan todo. Es como si Barrios hubiera estado guardando la lámpara mágica de Aladino. Cualquier cosa que desee me la conceden. No pierda el tiempo conmigo. De hecho, hemos perdido los dos demasiados minutos con esta conversación. No, no apele a mi moralidad. No me hable en esos términos. Si tuviera dignidad, como dice, no me dedicaría a esto.
Me tengo que despedir de usted. Una pena lo de sus clientes. Al salir le esperarán los dos albaneses de los que le hablé antes. Tienen carácter, así que acate sus órdenes sin rechistar. No intente hablar con ellos o será peor. Ah, y deje la grabadora encima de la mesa. No le hará falta.